miércoles, 27 de octubre de 2010

Pestiños sobrevalorados: Closer. Cegados por el deseo.

Título original: Closer
Año: 2004
Director (es un decir): Mike Nichols
Reparto: Julia Roberts, Jude Law, Natalie Portman, Clive Owen
Género: Comedia involuntaria.
Sinopsis: Cuatro tontos muy tontos.
En esto del cine, son misterios inescrutables de la vida, hay ciertas peliculillas que, quizás por su tufo a pretensión y pseudointelectualidad, que ya se sabe que atrae a los críticos como el estiércol fresco a las moscas, o quizás porque su argumento es lo suficientemente vacuo, lineal y estereotipado como para que estos lo entiendan (cortito y con sifón, que si no se nos pierden), se las arreglan para conseguir cosechar en su momento un autentico aluvión de comentarios positivos, que luego, a  la hora de la verdad, no se comparecen ni en broma con sus nulos méritos cinematográficos.  Son los "pestiños sobrevalorados”: una ya larga cadena de gilipolleces que en cierto momento fueron elevadas a los altares por la crítica y que ahora es difícil ver sin recurrir al estímulo de la cocaína, el éxtasis o las anfetas.

Y, mira por dónde, en pocas películas se cumple todo lo dicho de modo tan evidente como en la solemne chorrada llamada Closer. Probablemente, y con permiso de Avatar, la película más sobrevalorada de la década. Sólo que con un agravante: Avatar es una película efectista, estereotipada, ramplona y pueril, de acuerdo, pero al menos es cine. La que nos ocupa, ni tan siquiera entra en la definición. Esto es simple teatro filmado, lo que es (tomen nota, señores críticos) radicalmente distinto. Y es que hace falta  tener mucha cara para ir de crítico y valorar con notables altos o sobresalientes, como hicieron en su momento Cuéllar, Torreiro y otros tantos (menciono uno del ABC y otro de El País, para que se vea que la impostura y la tontería son transversales y no entiende de colores), algo que, sopor aparte, ni siquiera es verdadero cine.


El cine, se lo recuerdo, muy señores críticos, es imagen: no son actuaciones y tampoco diálogos, sino la pura fuerza expresiva de la cámara sin más añadidura. Una película es verdaderamente buena cuando sus diálogos se reducen a la mínima expresión, a lo absolutamente imprescindible. El director de Cine no es ni un dramaturgo, ni un novelista: cualquiera que no tenga esto claro hará bien en irse a su casa.  Acorazado Potemkin o Nosferatu, por citar dos tópicos del cine mudo (que algunos harían bien en revisitar), son obras maestras de obligado conocimiento precisamente por eso: porque son capaces de contarnos sus historias, bastante más complejas y elaboradas que las banales gilipolleces que vomita este Closer, con una intensidad y emotividad insuperables pese a su virtualmente nulo diálogo. Kubrick, Hitchcock, Welles, Walsh, Coppola, Polanski… y, porque no, Spielberg, Cameron, De palma, Argento, Carpenter, Lynch, Tarantino y hasta los Wachowski, si me apuras, siendo cada uno de su padre y de su madre, tienen algo en común que los hace verdaderos cineastas (cosa que no demuestra ser aquí ni de broma el irregular  y en perpetua decadencia Mike Nichols): un dominio absoluto de la imagen que hace que todo lo demás (diálogos, actuaciones y no tanto la música) sean poco más que apoyaturas y muletas.  


Natalie Portman en plan 'Pantene Pro-V' en el (involuntariamente) hilarante  final de 'Closer'. Gracias a sus aminoacidos esenciales puede mantener su peinado suelto y natural, evitando que se encrespe. Observese el tipo que la mira asombrado, abajo, a la izquierda: flipando ante el escaso 1,55 de "Padme" y preguntándose si merecía la pena pasarse al "lado ocuro" y comerle la herramienta a "Ratzinger" por tan poca carne.

¿Y que tenemos aquí? Justo lo contrario, el “anticine”; el triunfo de lo simple (que no de la simplicidad, que es otra cosa). A saber: plano, contraplano, plano, contraplano, plano, contraplano, plano, primer plano (¡que novedad tan refrescante!),  contraplano, plano, contraplano… Fundido en negro. A positivar. Siguiente...
Señores, no me jodan: esto, y más con ese pedazo de reparto, lo podía haber rodado un niño de 12 años con la cámara del móvil y hubiera quedado igual de "molón"; aquí no hay cine ni  verdadera dirección -Nichols se ve que va para atrás, como los cangrejos (y como Ridley Scot)-. Y por mucho que hace casi medio siglo ganese un Oscar , haberle puesto cuatro o incluso cinco estrellas a este despropósito es una vergüenza con la que tendrán que cargar la mayoría de críticos de este país (otra de tantas). Para más inri, en las pocas ocasiones en las que Nichols se atreve a  hacer cine (es un decir) y se empeña en hacernos saber que hay alguién tras las cámaras, desemboca en un ridículo muy revelador de su total estado de coma creativo. Vease, sin ir más lejos, la irrisoria escena final en la que Natalie Portman “sobrevuela” en cámara lenta las calles de Nueva York mientras todos los tíos se vuelven a mirarla: parece sacada de los créditos de Epic Movie (solo he echado de menos verla  estrellarse contra una farola). Es evidente que algo con semejante pobreza visual, por puro respeto al cine y su historia, y por muy buenos que pudieran llegar ser sus diálogos o la calidad de sus interpretaciones (no es el caso), no puede pasar del aprobado.

Así que, lo dicho: se ponga el personal como se ponga, esto, dado su desprecio al septimo arte, no puede merecer más allá del simple aprobado (y gracias). Pero, ¿llega? ¿La salvan su guión, sus diálogos o sus interpretaciones de la quema?
Respecto a las dos primeras categorías, lo tengo claro: ni de coña.  Esto, seamos serios, no es más que una  melodramática, aburrida y pueril gilipollez, sobrevalorada hasta el dolor, que bajo sus ínfulas de drama existencial (me meo) y su supuesta sutileza e inteligencia (ahora me revuelco por el suelo), no es más que el capitulo de Sexo en Nueva York en el que los alumnos de primer año del Actor’s Studio siempre quisieron salir. Ni más ni menos.
He aquí historia de cuatro repugnantes personajillos, anclados  en una perpetua pubertad y egoístas hasta la nausea, empeñados en mostrarnos sus patéticas y perfectamente prescindibles vidas. No contentos con ello, para más inri, tienen la desfachatez de lloriquear, embadurnando  la pantalla con sus viscosos efluvios, los pesares a los su propia estupidez, egoísmo e incapacidad para mantener la polla (o chichi) en la bragueta (o bragas) les ha conducido. Ese es el edificante y sutilísimo mensaje de la película: la vida es follar, follar y follar. No hay en los personajes el menor rastro de compromiso,  amistad, lealtad, la mínima inquietud intelectual, moral o de ninguna otra cualidad humana: en esencia son como Pajares y Esteso en plan “Generación X”  y sin puta gracia o intención de enmienda. 
Por sí semejante planteamiento argumental no fuera suficiente ofensa a la inteligencia de todo aquél en edad de afeitarse (que lo es), el virtualmente inexistente, desvencijado y completamente episódico guión nos “deleita” con “hallazgos” tan “ingeniosos” como la conversación vía chat entre los dos palurdos protagonistas (en este caso, los de género masculino) que destila un humor “fino y sutil” que te cagas, al mejor estilo de los hermanos Farelli (con la diferencia de que con estos, lo confieseo, al menos, me río), o la inverosímil y zafia escena inmediatamente posterior, la del acuario, entre Owen y Roberts; todo un ejemplo de lo que NO es un diálogo ingenioso (¿se supone que es cómica o dramática? ), por citar un par de “perlas” en un océano coralino.



Lection One: To Fuck.  Aprenda los rudimentos (tratandose del ingles, es una redundancia) de la lengua de de Shakespeare gracias a los "chispeantes"  e "inteligentísimos" gags de Closer.  Humor  fino y seguro;  justo como las compresas Ausonia.

Así que, no, no es que no funcione como película: es que como obra teatral, mucho me temo, es  igual de bochornosa.
Luego están las interpretaciones, lo único salvable de este despropósito, de acuerdo, pero insuficientes para sacar este plomo a flote. Julia Roberts está francamente bien, magnífica (tanto que no parece ella) y hace la que a día de hoy es la mejor interpretación de su carrera. Owen, que siempre me ha parecido un actor muy interesante (y algo infravalorado), se muestra quizás pelín sobreactuado, pero no importa: sus gritos son una de las pocas cosas que te mantienen despierto. Law, como de costumbre: solvente aunque algo frío.
Y luego esta Natalie Portman, la increiblemente bella, dulce y adorable Natalie… Para matarla. Con seguridad, la peor interpretación de su vida (sí, ya lo sé; la nominación me la suda). Notablemente sobreactuada y completamente fuera de lugar: su rostro, curiosamente, parece mostrar la emoción que toca, sí, pero con un par de segundos de retardo, como si el sonido llevase desfase o sufriese paralisis facial. Sólo hay que fijarse en sus caras (y no sólo en su culo) durante la famosa y cacareada escena del "privado" con Owen: es difícil no partirse el ojal (asociación de ideas) cuando la pobre trata de poner la cara de putón y sólo consigue parecer Fu-Manchú estreñido.



Natalie Portman redefiniendo el concepto "sobreactuar" en 'Closer'. Arriba, imitando al "doctor Maligno" (o, mejor dicho, y teniendo en cuenta su estatura, a "mini yo"). Abajo, por lo que se ve, en pleno chequeo sorpresa de su proctólogo.
En resumen y recapitulando: Closer es una de las más sobrevaloradas y prescindibles bobadas de la historia del celuloide, ideal para inaugurar una sección como ésta. Rezaremos para que tamaño despropósito no vuelva repetirse o para que el buen Dios ilumine a los críticos con algo de sapiencia cinematográfica si así fuera.

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