miércoles, 27 de octubre de 2010

Pestiños sobrevalorados: Closer. Cegados por el deseo.

Título original: Closer
Año: 2004
Director (es un decir): Mike Nichols
Reparto: Julia Roberts, Jude Law, Natalie Portman, Clive Owen
Género: Comedia involuntaria.
Sinopsis: Cuatro tontos muy tontos.
En esto del cine, son misterios inescrutables de la vida, hay ciertas peliculillas que, quizás por su tufo a pretensión y pseudointelectualidad, que ya se sabe que atrae a los críticos como el estiércol fresco a las moscas, o quizás porque su argumento es lo suficientemente vacuo, lineal y estereotipado como para que estos lo entiendan (cortito y con sifón, que si no se nos pierden), se las arreglan para conseguir cosechar en su momento un autentico aluvión de comentarios positivos, que luego, a  la hora de la verdad, no se comparecen ni en broma con sus nulos méritos cinematográficos.  Son los "pestiños sobrevalorados”: una ya larga cadena de gilipolleces que en cierto momento fueron elevadas a los altares por la crítica y que ahora es difícil ver sin recurrir al estímulo de la cocaína, el éxtasis o las anfetas.

Y, mira por dónde, en pocas películas se cumple todo lo dicho de modo tan evidente como en la solemne chorrada llamada Closer. Probablemente, y con permiso de Avatar, la película más sobrevalorada de la década. Sólo que con un agravante: Avatar es una película efectista, estereotipada, ramplona y pueril, de acuerdo, pero al menos es cine. La que nos ocupa, ni tan siquiera entra en la definición. Esto es simple teatro filmado, lo que es (tomen nota, señores críticos) radicalmente distinto. Y es que hace falta  tener mucha cara para ir de crítico y valorar con notables altos o sobresalientes, como hicieron en su momento Cuéllar, Torreiro y otros tantos (menciono uno del ABC y otro de El País, para que se vea que la impostura y la tontería son transversales y no entiende de colores), algo que, sopor aparte, ni siquiera es verdadero cine.


El cine, se lo recuerdo, muy señores críticos, es imagen: no son actuaciones y tampoco diálogos, sino la pura fuerza expresiva de la cámara sin más añadidura. Una película es verdaderamente buena cuando sus diálogos se reducen a la mínima expresión, a lo absolutamente imprescindible. El director de Cine no es ni un dramaturgo, ni un novelista: cualquiera que no tenga esto claro hará bien en irse a su casa.  Acorazado Potemkin o Nosferatu, por citar dos tópicos del cine mudo (que algunos harían bien en revisitar), son obras maestras de obligado conocimiento precisamente por eso: porque son capaces de contarnos sus historias, bastante más complejas y elaboradas que las banales gilipolleces que vomita este Closer, con una intensidad y emotividad insuperables pese a su virtualmente nulo diálogo. Kubrick, Hitchcock, Welles, Walsh, Coppola, Polanski… y, porque no, Spielberg, Cameron, De palma, Argento, Carpenter, Lynch, Tarantino y hasta los Wachowski, si me apuras, siendo cada uno de su padre y de su madre, tienen algo en común que los hace verdaderos cineastas (cosa que no demuestra ser aquí ni de broma el irregular  y en perpetua decadencia Mike Nichols): un dominio absoluto de la imagen que hace que todo lo demás (diálogos, actuaciones y no tanto la música) sean poco más que apoyaturas y muletas.  


Natalie Portman en plan 'Pantene Pro-V' en el (involuntariamente) hilarante  final de 'Closer'. Gracias a sus aminoacidos esenciales puede mantener su peinado suelto y natural, evitando que se encrespe. Observese el tipo que la mira asombrado, abajo, a la izquierda: flipando ante el escaso 1,55 de "Padme" y preguntándose si merecía la pena pasarse al "lado ocuro" y comerle la herramienta a "Ratzinger" por tan poca carne.

¿Y que tenemos aquí? Justo lo contrario, el “anticine”; el triunfo de lo simple (que no de la simplicidad, que es otra cosa). A saber: plano, contraplano, plano, contraplano, plano, contraplano, plano, primer plano (¡que novedad tan refrescante!),  contraplano, plano, contraplano… Fundido en negro. A positivar. Siguiente...
Señores, no me jodan: esto, y más con ese pedazo de reparto, lo podía haber rodado un niño de 12 años con la cámara del móvil y hubiera quedado igual de "molón"; aquí no hay cine ni  verdadera dirección -Nichols se ve que va para atrás, como los cangrejos (y como Ridley Scot)-. Y por mucho que hace casi medio siglo ganese un Oscar , haberle puesto cuatro o incluso cinco estrellas a este despropósito es una vergüenza con la que tendrán que cargar la mayoría de críticos de este país (otra de tantas). Para más inri, en las pocas ocasiones en las que Nichols se atreve a  hacer cine (es un decir) y se empeña en hacernos saber que hay alguién tras las cámaras, desemboca en un ridículo muy revelador de su total estado de coma creativo. Vease, sin ir más lejos, la irrisoria escena final en la que Natalie Portman “sobrevuela” en cámara lenta las calles de Nueva York mientras todos los tíos se vuelven a mirarla: parece sacada de los créditos de Epic Movie (solo he echado de menos verla  estrellarse contra una farola). Es evidente que algo con semejante pobreza visual, por puro respeto al cine y su historia, y por muy buenos que pudieran llegar ser sus diálogos o la calidad de sus interpretaciones (no es el caso), no puede pasar del aprobado.

Así que, lo dicho: se ponga el personal como se ponga, esto, dado su desprecio al septimo arte, no puede merecer más allá del simple aprobado (y gracias). Pero, ¿llega? ¿La salvan su guión, sus diálogos o sus interpretaciones de la quema?
Respecto a las dos primeras categorías, lo tengo claro: ni de coña.  Esto, seamos serios, no es más que una  melodramática, aburrida y pueril gilipollez, sobrevalorada hasta el dolor, que bajo sus ínfulas de drama existencial (me meo) y su supuesta sutileza e inteligencia (ahora me revuelco por el suelo), no es más que el capitulo de Sexo en Nueva York en el que los alumnos de primer año del Actor’s Studio siempre quisieron salir. Ni más ni menos.
He aquí historia de cuatro repugnantes personajillos, anclados  en una perpetua pubertad y egoístas hasta la nausea, empeñados en mostrarnos sus patéticas y perfectamente prescindibles vidas. No contentos con ello, para más inri, tienen la desfachatez de lloriquear, embadurnando  la pantalla con sus viscosos efluvios, los pesares a los su propia estupidez, egoísmo e incapacidad para mantener la polla (o chichi) en la bragueta (o bragas) les ha conducido. Ese es el edificante y sutilísimo mensaje de la película: la vida es follar, follar y follar. No hay en los personajes el menor rastro de compromiso,  amistad, lealtad, la mínima inquietud intelectual, moral o de ninguna otra cualidad humana: en esencia son como Pajares y Esteso en plan “Generación X”  y sin puta gracia o intención de enmienda. 
Por sí semejante planteamiento argumental no fuera suficiente ofensa a la inteligencia de todo aquél en edad de afeitarse (que lo es), el virtualmente inexistente, desvencijado y completamente episódico guión nos “deleita” con “hallazgos” tan “ingeniosos” como la conversación vía chat entre los dos palurdos protagonistas (en este caso, los de género masculino) que destila un humor “fino y sutil” que te cagas, al mejor estilo de los hermanos Farelli (con la diferencia de que con estos, lo confieseo, al menos, me río), o la inverosímil y zafia escena inmediatamente posterior, la del acuario, entre Owen y Roberts; todo un ejemplo de lo que NO es un diálogo ingenioso (¿se supone que es cómica o dramática? ), por citar un par de “perlas” en un océano coralino.



Lection One: To Fuck.  Aprenda los rudimentos (tratandose del ingles, es una redundancia) de la lengua de de Shakespeare gracias a los "chispeantes"  e "inteligentísimos" gags de Closer.  Humor  fino y seguro;  justo como las compresas Ausonia.

Así que, no, no es que no funcione como película: es que como obra teatral, mucho me temo, es  igual de bochornosa.
Luego están las interpretaciones, lo único salvable de este despropósito, de acuerdo, pero insuficientes para sacar este plomo a flote. Julia Roberts está francamente bien, magnífica (tanto que no parece ella) y hace la que a día de hoy es la mejor interpretación de su carrera. Owen, que siempre me ha parecido un actor muy interesante (y algo infravalorado), se muestra quizás pelín sobreactuado, pero no importa: sus gritos son una de las pocas cosas que te mantienen despierto. Law, como de costumbre: solvente aunque algo frío.
Y luego esta Natalie Portman, la increiblemente bella, dulce y adorable Natalie… Para matarla. Con seguridad, la peor interpretación de su vida (sí, ya lo sé; la nominación me la suda). Notablemente sobreactuada y completamente fuera de lugar: su rostro, curiosamente, parece mostrar la emoción que toca, sí, pero con un par de segundos de retardo, como si el sonido llevase desfase o sufriese paralisis facial. Sólo hay que fijarse en sus caras (y no sólo en su culo) durante la famosa y cacareada escena del "privado" con Owen: es difícil no partirse el ojal (asociación de ideas) cuando la pobre trata de poner la cara de putón y sólo consigue parecer Fu-Manchú estreñido.



Natalie Portman redefiniendo el concepto "sobreactuar" en 'Closer'. Arriba, imitando al "doctor Maligno" (o, mejor dicho, y teniendo en cuenta su estatura, a "mini yo"). Abajo, por lo que se ve, en pleno chequeo sorpresa de su proctólogo.
En resumen y recapitulando: Closer es una de las más sobrevaloradas y prescindibles bobadas de la historia del celuloide, ideal para inaugurar una sección como ésta. Rezaremos para que tamaño despropósito no vuelva repetirse o para que el buen Dios ilumine a los críticos con algo de sapiencia cinematográfica si así fuera.

martes, 26 de octubre de 2010

La letrina: La Pajín y el pajillero

Leire Pajín, para que engañarnos, dista muy mucho de ser santo de mi devoción. Su servilismo, su sectarismo, su evidente mediocridad (casi a la altura de su jefe, que ya es decir), su recalcitrante ignorancia y su denodado empeño en convencernos de que es gilipollas  con declaraciones tan memorables como aquello del "acontecimiento planetario” a la hora de definir el encuentro entre ZP y Obama (conmigo ya casi lo había conseguido), me hacen convencerme de que en este país de 40 millones de habitantes hay no menos de 20 millones de mujeres más capacitadas y con más méritos objetivos para ostentar un ministerio que ella. Por mi parte, y bien lo siento, tengo meridianamente claro que lo único que ha catapultado a un ministerio a la Pajín es exactamente eso: su servilismo, su trabajo sucio por el partido y, cómo no, ese degenerado y corrupto sentido de la amistad (o de la sumisión, a mejor decir) que tanto caracteriza a ZP y que tan frecuentemente le lleva a confundir la esfera privada con la pública y a recompensar favores personales con cargos públicos…  Porque, y esa es otra, si lo de la Pajín es grave, lo de la “señorita Trini” (Guerra dixit) no tiene nombre: es el único caso conocido en la historia universal en la que se premia un fracaso estrepitoso con un ascenso.
Pero, si no os importa, por hoy dejaré a ZP en paz, que bastante tiene con “lo suyo”. Hay ahora mierda más urgente que evacuar. Y es que, ya lo dice el proverbio castellano, “Otro vendrá que bueno te hará”. Y todos los despropósitos de la Pajín, de  ZP, de su gobierno y de la madre que parió a todos palidecen frente a la casposa y cerril horda de miserables, desvergonzados,  babosos e ignorantes que tiene en frente; la chusma del PP. Y no, mucho me temo que no me estoy “pasando”. A decir verdad, me quedo muy cortito (soy pusilánime y un tanto tímorato, que le vamos a hacer).  Porque, ya lo dice otro proverbio: “Dime con quién vas y te diré quién eres”. Y desde el momento en que, en este instante, las 21:58 del Martes 26/10/10, nadie ha expulsado a patadas del PP al Señor (es un decir) Francisco Javier León de la Riva, he de asumir que todos sus miembros (erectos) directivos son tan miserables, zafios, cerriles, casposos, ignorantes,  babosos, chabacanos, soeces y, por supuesto, misóginos como él.  Más aún ahora, que se sabe que el neanderthal en cuestión va presumiendo por ahí del apoyo de Rajoy. Y claro, ya para empezar, y bien me jode dada la ausencia de más alternativas, ya he decidido adónde, además de al PSOE, NO va ir mi voto en las próximas elecciones.  



'La Pajín y el pajillero'. AKA 'La bella y el bestia II'. Proximamente en todas las porterías y balbuceos de borrachos de barra americana.
 
Porque si; la crítica política, y más en los representantes de la oposición, está perfectamente justificada y es absolutamente legítima (para eso se les paga, qué coño). Es más, tratándose de la Pajín, casi diría que es inevitable. Pero eso es una cosa, y otra bien distinta  es caer en las miserias, cobardías y bajezas de la descalificación personal. Eso, señores de PP, no es política. Eso, simple y llanamente,  es ser un Hijo de la Gran Puta. Y, sí, aquí nos conocemos todos. Y ya sabemos de dónde viene la mayoría de los gerifaltes del PP (todos tenemos un pasado, no sólo el exfalangista Aznar) y dónde han estudiado (los que tienen algún estudio, se entiende): en esos cucos institutos de señoritos franquistas dónde tan valorado estaba reírse del gangoso, del cojo, de la tetona, del orejudo o del pobre que no tiene un duro y que ha llegado a base de codos. Pero esa es una muy, muy  fea costumbre que, si quieren volver a gobernar este putiferio llamado España otra vez (cosa harto improbable a este paso), van a tener que quitase de una vez.
En la foto, Rajoy, más conocido como Mr. Hilillos, abrazando a su sufrida esposa. Por supuesto, no se  hará comentario alguno sobre esos finos y sensuales labios ni sobre su infinita capacidad de sugerencia.

No sé de qué zoológico ha sacado el PP al tal León de la Riva y, francamente, me la suda. Pero es evidente que un sujeto que se refiere a una mujer en esos términos (sea ministra o dependienta del Pryca) no merece estar en política. La simple idea de que este pajillero cobre del erario público es una ofensa para España y su ciudadanía. Y no, aquí “pajillero” no es un insulto, sino un simple calificativo descriptivo derivado de una confesión de parte: ¿qué se puede decir de un tío que declara públicamente  que "Cada vez que le veo la cara [a Leire Pajín] y esos morritos pienso lo mismo"? Y es que, aunque Mr. Quickhand sea demasiado cobarde para terminar la frase y le falten huevos, todos sabemos en que está pensando. Aunque, claro, a lo mejor me equivoco de plano y piensa en otra cosa... A lo mejor los morros de la Pajín le evocan algún asunto de parentesco: la esquina donde ejercía su madre o el quicio de la mancebía dónde su hermana sopla la copla, concretamente. ¿Quién sabe? Es lo que tienen los puntos suspensivos…  Pero, si no es así, oye, me disculpo y santaspascuas. Porque ya se sabe que en este país, con pedir perdón, todo arreglado.  
De todos modos, no quiero acabar sin decir que todo este pestilente incidente ha tenido una parte buena: tras observar la ejemplar forma en la que Doña Leire Pajín ha respondido ante las provocaciones de este miserable, con el desprecio e indiferencia que merecen, no queda más remedio que reconocer que se ha ganado el respeto de buena parte de los españoles, incluido el mío. Ahora sólo espero que su gestión esté a la altura del crédito que algunos hemos decidido concederle.

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Edit (15/02/11)

Sólo constatar que el periodo de gracia de Pajín ha pasado y que, en vista de su gestión, puede ir dimitiendo cuando guste.

lunes, 25 de octubre de 2010

Cine bastardo: Terror en el espacio.

Título original: Terror nello spazio
Director: Mario Bava.
Año: 1965
Género: Ciencia Ficción.Terror. Thriller.
Reparto:Barry Sullivan, Norma Bengell, Ángel Aranda, Evi Marandi, Stelio Candelli, Franco Andrei.
Sinopsis: Los tripulantes de la Argos aterrizan en un planteta supuestamente deshabitado para investigar el origen de una misteriosa transmisión de radio.



Resulta que hace algunos años, un conocido en pleno momento “exaltación de la amistad” (las cosas que tienen los jueves noche)  me habló (o balbuceó, a mejor decir) de cierta película italiana de los sesenta, hecha con dos duros, que había visto no sé sabe dónde y que era, eso me decía el muy iluso, “clavadita” a Alien. Según él, Ridley Scott había hecho un simple remake cambiando un par de detalles aquí y allí, pero, por lo demás, todo era “igualito”. Por supuesto,  y dado que el colega en cuestión es dado a exagerar (incluso cuando está sobrio), no me lo tome demasiado en serio.  Y es que  conociendo la calidad general de fantaterror  Italiano (consabidas excepciones, aparte),  cochambroso hasta decir basta, hecho con la mayor desvergüenza, y dónde el cuidado por las formas o por la coherencia argumental es nula, no hay dios quien pueda creerse que una absoluta obra maestra como Alien, dónde cada fotograma es una lección de cine y que posee una de las puestas en escena más cuidadas y elegantes que se recuerdan, pueda deberle nada, más allá de alguna idea aislada, a ningún despropósito “made in Italy”. Así que envié esta información  “erronea” a la “papelera de reciclaje” y me olvide del asunto.


Y así quedo la cosa. Hasta que hace unos pocos  meses, revisitando la obra del irregular  Mario Bava, me topé con su única incursión en esto de la Ciencia Ficción: Terror en el espacio. Porque a Bava, para mi gusto sobrevalorado y absurdamente mitificado, lo que no se le puede negar es su originalidad, su desbordante imaginación, su total ausencia de complejos (lo que explica ciertos ridículos y zafios despropósitos como Bahía de sangre) y su búsqueda constante de algo nuevo a lo que hincarle el diente. Y, claro, era inevitable: tras haber hecho sus pinitos en el Terror Sobrenatural con pequeñas maravillas como La máscara del demonio y haberse ganado el dudoso título de inventor del  Giallo con La muchacha que sabía demasiado, acabó metiendo las narices en el único campo del fantástico que todavía no había tocado. Así que, dicho y hecho: con  el desparpajo que le caracterizaba y  ignorando dificultades que a cualquier tío sensato le hubieran quitado las ganas de meterse en semejante berenjenal (cómo la total ausencia de medios o no contar  en el reparto con nada lejanamente parecido a un verdadero actor), se dispuso a rodar está películilla de tres al cuarto, que, ironías de la vida, acabó siendo de rebote una de las más influyentes de la historia del género y la madre bastarda de la saga más celebrada y conocida del Terror alienígena. Porque, sí, amigos: la película en cuestión, en apariencia hija de los vapores etílicos, existía. Y, sí; mi colega,  a pesar de su su dipsomanía joviana, no iba muy desencaminado ni exageraba en demasía. Ya se sabe: In vino veritas.
Eso sí, dejémoslo ya bien claro: que ambas películas tengan algunos (o muchos) elementos estéticos y argumentales comunes, como ahora veremos, no significa ni por asomo que sean comparables en cuanto calidad: ni en broma. Ni de cachondeo,oiga. Y es que esta Terror en el espacio, para que engañarnos, deja mucho, pero mucho que desear… Es más,  sus primeros diez minutos, las cosas claras y el chocolate espeso,  no pueden ser más lamentables y bochornosos. Tanto que, es comprensible, cualquier comparación inicial con Alien provocará inevitablemente la carcajada del espectador primerizo: los efectos especiales (por llamarlos de algún modo) harían vomitar  a George Meliés y la estética imperante, increíblemente desfasada incluso para la época, es la quintaesencia de lo casposo. A saber, recapitulando: lo primero que los  sufridos ojos del incauto expectador se encuentran es una maqueta de gomaespuma pintada de gris metálico, al puro estilo Ed Wood, surcando un “espacio interestelar” hecho con terciopelo negro y las bombillas sobrantes de algún árbol de navidad. De ahí, fundido en negro mediante, pasamos al interior de la Argos, la nave en cuestión, otro homenaje al Ed Wood de Plan 9: más gomaespuma plateada y plexiglás aderezado con muchas bombillas de colores. Absolumente patético. Y, luego, para acabar de joder la marrana, está la tripulación, sesentera a más no poder: enfundada en ajustadísimos monos de cuero que parecen robados  de alguna versión porno de Flash Gordon. (Algo, que, dicho sea de paso,  el espectador masculino agradecerá: no en vano Bava, que no suele escoger a las actrices de sus películas en función de sus dotes interpretivas, precisamente  -sólo hay que recordar el muy apetecible reparto de Cinco muñecas para una luna de agosto-, dedica la mitad de planos al culo de una Norma Bengell que se pasa la mitad de la película agachada o en cuclillas). En resumen, que todo, al menos en principio, pinta francamente mal  y parece barruntar un completo desastre de imposible comparación con el peliculón de Scott.
Pues bien. El “desastre”, y a pesar de todo lo dicho, no llega a materializarse (del todo).  Bava, y es una prueba de su capacidad como narrador (que no como cineasta), gracias a un astuto uso de la intriga y a un guión lleno de  MacGuffins, se las arregla para que te olvides pronto de todos los despropósitos de la parte artística. Y es que, como no podía ser menos, Terror en el espacio, no es una peli de Ciencia Ficción al uso, sino un Giallo espacial; un Thriller a la italiana con extraterrestres en el que un misterioso "asesino" (o asesinos), cuya identidad no se desvela hasta prácticamente el final, conspira para eliminar (o algo peor) a la toda la tripulación del Argos. Total: que contra todo pronóstico, y sin ser ninguna maravilla, el resultado se deja ver y tiene un cierto encanto naif. (De ahí no pasa). 



        No cabe dura que Bava es un "esteta". Abajo un plano de la Argos
    atravesando el espacio interestelar. Todo un ejemplo de lo NO deben
ser los efectos especiales.  Arriba, la tripulación del
Argos: molona-que -te-cagas con su rollito "novio chuloputas de Barbarella".


 Pero, vayamos a lo que interesa: ¿Hasta qué punto, medios y tratamiento estético, aparte (donde no hay color ni comparación posible), se parecen Terror en el espacio y Alien? Pues, hombre, decir que es “igualita” es pasarse veinte pueblos. El desarrollo general de la historia es diferente y circula por otros derroteros… Pero… Sí, se parecen, y mucho. Quizás demasiado... Y, lo que es más preocupante, en muchos aspectos. Porque, no es sólo que ciertos detalles argumentales sean idénticos, que puede ser simple coincidencia, es que hasta ciertos motivos estéticos e incluso frases  enteras del diálogo son “clavadas”, palabra por palabra. Vamos, que no se veía tanta “coincidencia” desde que Ana Rosa Quintana de metió a novelista. En mi opinión, mal le joda reconocerlo a  Scott, que lo ha negado alguna vez (qué va a decir), es evidente que existe “inspiración” y algo de canibalismo.

   He aquí uno de los máximos protagonistas de esta película:  el
     omnipresente pandero de la Bengell. Es el "décimo pasajero"
de la Argos.


Para que veas que no exagero (en esto; lo del tamaño del pene es otra cosa), me he permitido hacer una lista con las “similitudes” que así, a voz de pronto, he encontrado. Tú, que ya eres mayorcito y la mar de listo, harás bien en sacar tus propias conclusiones:
1)   Ambas historias, como se lee en la sinopsis, comienzan exáctamente del mismo modo: una nave se desvía de su trayectoria para investigar una misteriosa señal de radio, de origen desconocido procedente de un planeta supuestamente deshabitado. Como “coincidencia”no está mal para empezar.
2)   La reducida tripulación del Argos, al igual que la del Nostromo, incluye sólo dos mujeres: una morena y una rubia (bastante más voluptuosas y neumáticas que Lambert y Ripley, todo sea dicho).


Arriba, las chicas del Argos; abajo, las del Nostromo


3)   Cuando la Argos se aproxima al misterioso planeta la nave se ve repentinamente afectada por su anómalamente elevada gravedad, mucho mayor que lo explicable por su masa. En Alien (director’s cut) Lambert menciona que la gravedad del planetoide es 0.86 g, lo que es imposible teniendo en cuenta su pequeño tamaño.
4)   Una imagen de la Argos tomando tierra en el misterioso planeta junto a una del Nostromo haciendo lo propio en LV 426. ¿Cierto parecido?



Arriba, la Nostromo tomando tierra; abajo, la Argos haciendo lo propio.
      
5)   Otra imagen que no necesita explicaciones. La superficie del dichoso planeta de Terror en el espacio: gris-azulada, desértica,  llena de chimeneas “expresionistas” y eternamente azotada por el viento. no cabe duda de que existen "semejanzas geológicas" entre ambos planetoides.

      
             
6)   Otra más. Abajo, la famosa nave alienígena de  Alien con su “originalísima” forma de cangrejo. Arriba, parte trasera de la nave Argos. ¿Parecidos razonables?
 
Me está apeteciendo un croissant
  
7)   Los tripulantes del Argos no tardan en intuir que algo muy inquietante acecha  en ese terruño. Tanto que uno de los personajes, bastante acojonado, espeta en cierto momento: “Este lugar me da escalofríos”. ¡Coño!, eso me suena…
8)   En vista de que pintan bastos, los del Argos deciden marcharse. Pero se encuentran con una desagradable sorpresa: una avería en las “células de energía” les impide despegar. Me sigue sonando... Y más si me fijo en los diálogos entre el capitán y el técnico de mantenimiento que son un deja-vu total.
9)   El capitán, como oficial máximo, deja periódicamente su mensaje vocal en el diario de a bordo, al igual que hará Ripley al final de Alien.
10)   Ya que ahora, con el motor estropeado,  tienen tiempo de sobra, deciden explorar el planeta en busca del origen de la misteriosa fuente de la señal. Así que envían voluntarios: tres; dos hombres y una mujer. Tras una larga travesía, encuentran una gigantesca y extraña nave alienígena. Sí, eso mismo que estás pensando… Paso a reproducir palabra por palabra el dialogo de los personajes al verla, que no tiene desperdicio:
                  -Tiene que ser muy antigua, mira lo corroído que está el casco.
                  -No había visto jamás una astronave semejante. Es de una forma y concepción 
                   completamente desconocidas para nosotros.
            Familiar, ¿eh?

Cliquea sobre la imagen. A la izquerda dos tomas casi sucesivasde 'Alien' en las que se ve a ve a tres de sus tripulantes (Kane, Dallas y Lambert) avanzanzando por la  inhospita superficie del planeta hasta alcanzar la enorme nave alienígena. A la derecha exactamente la misma situación en 'Terror en el espacio'.  Hay premio para quien encuentre diez diferencias.
                   
    
11)  ¿Y que se encuentran en el interior de la nave alienígena? Pues, fíjate que cosas, el esqueleto de un tripulante, un humanoide gigantesco. Ya sabemos de dónde sacó Ridley Scott la idea del dichoso spacejockey. (Cuidado: hablo de la idea, el tratamiento artístico y visual es otra cosa). 


Otra de "parecidos razonables": Arriba, los tripulantes del Argos hacen un inquietante descubrimiento; el esqueleto "fosilizado"de uno de los tripulantes de la nave alienígena. Algo que a buen seguro te sonará.

12)  Como ya se ha dicho, Terror en el espacio es en esencia un Thriller con algunos elementos propios de cine de Terror. Ridley Scott, que siempre ha dicho detestar el cine de Terror (no deja de ser irónico),  siempre ha definido Alien, mira qué casualidad, como un “Thriller policíaco”.



Supongo que podría haber mencionada algunas  cosas más, pero creo que estás bastarán para que te hagas una idea.  ¿Plagio, homenaje, coincidencia, “intertextulización”? Tú decides.  De todos modos, va dar  igual: En el espacio nadie puede oír las demandas por plagio.

martes, 12 de octubre de 2010

Delicatessen: La sindrome di Stendhal

Director: Dario Argento.
Año: 1996.
Nacionalidad: Italia.
Género:  Inclasificable.
Reparto: Asia Argento, Thomas Kretschmann, Marco Leonardi, Luigi Diberti, Julien Lambroschini, John Quentin, Paolo Bonacelli
Sinopsis: Anna Manni, inspectora de la policía de Roma, viaja a Florencia tras la pista de un sádico violador y asesino. Sus pesquisas la conducen a la Galeria degli Uffizi, quizás el lugar con la mayor concentración de belleza por metro cuadrado sobre la Tierra. Una belleza que se revelará literalmente arrebatadora…


Ya que ésta es mi primera entrada, y para que sirva de aviso a los incautos, haré una primera declaración de intenciones (o confesión de parte, según se mire): bajo el techo de este humilde templo, Dario Argento es una deidad de culto obligado. Aquí reconocemos como verdad cierta e irrefutable que el cuarto de hora inicial de Suspiria es una de las pocas pruebas de la existencia de Dios que ha tenido a bien darnos los cielos, y sabemos que cuando el buen de Dario hace oscilar ante la cámara una navaja de afeitar, una verdad inefable sobre la existencia nos es revelada a sus iniciados.  
Eso no quita para que uno, qué le vamos a hacer, tenga dos ojos en la cara. Y hay que decir que esa fe que el que suscribe le profesa a don Dario, basada principalmente en sus obras maestras de hace tres décadas, ha sido puesta a prueba ya demasiadas veces por las sarta de gilipolleces y bodrios infumables que el romano se ha empeñado en rodar últimamente. Porque, si ahora los economistas nos dan la vara pronosticándonos una “década perdida”,  la racha negra de Argento, que es excesivo hasta para eso, ya va durando la friolera de quince años, con dos cojones. [Aviso caritativo: he aquí las películas de las que todo amante del cine  (y de Argento, no digamos) debe mantenerse alejado, sus últimas cinco: El  fantasma de la opera, Non ho sonno, Il cartaio, Ta terza madre y Giallo. La segunda, tercera y última reveladoras de una falta de medios e imaginación que resulta lamentable. La primera y la cuarta, simplemente ridículas y de un alarmante parecido en formas y temas (gore de baratillo y festival del tetas) al más casposo Jess Franco].
Corriendo un estúpido velo sobre estos despropósitos, estas líneas van dedicadas a su última gran películaLa sindrome di Stendhal (o sea, El Síndrome de Stendhal, ridículamente renombrada por los distribuidores españoles como El arte de matar), el último intento de Argento de hacer la película que realmente le apetecía: preciosista, radical, obsesiva y perturbadora. Una cinta valiente y absolutamente personal que pisotea los convencionalismos y escupe sobre las manidas estructuras narrativas made in Hollywood con las que se nos ceba cada día. Y es que La Sindrome, vista ahora, en una época en la que el director ya no es más que un mercenario sin pretensión artística alguna que se limita a rodar lo que le echan, se torna doblemente valiosa. Porque el trabajo de artesano que Argento realiza aquí (que tan reconocible resulta por su abrumadora capacidad de sugerencia y por su sabor insano), y más allá de lo gratificante que pueda parecernos el resultado final, es inimaginable en el cine actual. Una película como ésta (o como Suspiria, Inferno o Phenomena), tristemente, es única e irrepetible.  Simplemente por eso, sin más, destaca sobre la vulgaridad imperante y sobre estereotipadas gilipolleces como Avatar como la sangre sobre la nieve

Lección de composición por cortesía de Maese Argento




No, la película, casi no hace falta ni que lo diga, no fue bien recibida en su momento, ni siquiera por la mayoría de sus fans, a los que su radical cambio de estilo pilló con el pie cambiado. Representó para Argento un fracaso más que añadir en la que ya es una larga lista. La gran diferencia es que esta vez, al igual que con la portentosa Phenomena, el fracaso fue totalmente inmedecido: el triste peaje que hay que abonar por tratar de salirse de la vereda y sobrestimar la capacidad del respetable exigiendole un nivel de abstracción que le resulta inalcanzable. Pero, en fin... Ya se sabe que no hay que echarles margaritas a los cerdos, concejalías de urbanismo a los políticos o una película seria al gentío, que luego pasa lo que pasa...


Y cuidado, quede bien claro, luego no me llores: ¿quiero decir con  todo esto que La sindrome di Stendhal una película redonda? Ni por asomo. Ninguna de Dario Argento lo es, ni siquiera Profondo Rosso o Suspiria: Argento, víctima de una bipolaridad estética que es hija del absoluto exceso, es conocido por su casi “milagrosa” capacidad para el despropósito: lo mismo te subyuga con un movimiento imposible o con la más milimétricamente pensada y preciosista composición (quien discuta su talento con una cámara entre las manos es que no tiene ni puta idea de cine) que te hace ruborizar al momento siguiente con alguna parida indigna del peor alumno de primer curso de Imagen y Sonido. Argento puede resultar sublime o ridículo, pero nunca se queda en un termino medio.



Un extraño nos mira desde el espejo
 en ninguna de sus películas esto es tan verdad como aquí, dónde se pueden encontrar algunas de sus imágenes más logradas, bellas y sugerentes, obras de arte en lienzo de 35 mm, junto con otras más fallidas que una escopeta de feria (como cierto plano subjetivo de una píldora descendiendo por el esófago de la protagonista que...Telita).  Además, y por si fuera poco problema tanta falta de equilibrio, Argento debe sufrir aquí el lastre de una evidente escasez de medios que se traduce, sobre todo, en un reparto deleznable, formado por autenticos terroristas de la interpretación capaces de joder Ciudano Kane (la mejor, con diferencia, es su hija Asia; con eso ya te lo digo todo), cuya nefasta labor, indigna de verdaderos actores, perjudica enormemente el resultado final. Por último, y para colmo de males, tenemos el muy fallido uso de la infografía de la que hace gala el film: La sindrome di Stendhal fue la primera película europea en usar efectos digitales, y se nota...  Al fin y al cabo, incluso hoy en día, quince años después,  es difícil no reírse con lo inverosimil y burdo de ciertos D-efectos realizados con presupuestos 50 veces mayores  (seguro que ya sabes por dónde voy). No es nada de extrañar, por tanto, casi es disculpable, que la mayoría de las animaciones que muestra la película produzcan vergüenza ajena.


Así que, no: de redonda, nada. Y ni puta falta que hace. Y es intentar juzgar el cine de Argento por "nimiedades" como las citadas es como usar una cinta métrica para elegir un buen perfume. Sus nefastas interpretaciones, la evidente cochambrez de algunos efectos visuales e incluso, si me apuras, ciertas cagadas incomprensibles en un director de su experiencia dejan de tener importancia cuando uno se enfrenta a la magia de Argento y su absoluto dominio de la cámara. Magia a la que contribuyen su onírico y surreal guión y el hechizo de unas imágenes de las que no se puede apartar la mirada.


Dario Argento iniciando a su hija Asia en el arte de matar

Y, hablando del guíon, hay que decir que es el más atípico y original escrito por Argento. Aquellos tan dados a decir que sus historias son repetitivas, inverosímiles e infantiloides (lo que, sí, es cierto, pero no precisamente a causa de "la falta de ideas", como algunos criticos muy  "intelestuales" -de esos que se ponen cachondos con mierdas como Closer- parecen creer, sino a la intención premeditada de dar a sus historias la textura naif, irreal, onírica y arquetípica del cuento de hadas), se encontrarán con la poética venganza de un Argento deliberadamente oscuro y críptico. Tanto que no faltarán los que digan que la historia es absurda, incoherente o incomprensible. ¿Cómo reconocerlos? Fácil: son los mismos gilipollas carentes del mínimo sentido estético o intuición que ponen sistemáticamente a parir  las películas de David Lynch porque “no se entienden”o son “una tomadura de pelo”. Y, sí, creeme, la comparación con Lynch procede. Porque Argento, es sabido, siempre a coqueteado con el surrealismo y ha sido muy amigo de regalarnos sus típicos elementos simbólicos (cuchillos y dagas fálicas, el sonido del viento, madres perversas, gusanos, gatos, lagartos, cristales rotos...), pero aquí se entrega a un subjetivismo digno del de Montana. Es más, La Sindrome posee un par de motivos y escenas sospechósamente calcaditos a lo visto en Carretera Perdida, casi fotograma a fotograma… ¿Le falló la imaginación a Argento? No esta vez: La sindrome es, en realidad, un par de años anterior a la de David Lynch, que jamás ha negado tener a Argento como una de sus fuentes estéticas. Así que, en todo caso, sabemos quien se inspiró en quién. 

Parecidos razonables. A la derecha, una de las escenas más memorables de La Sindrome de Stendal (1996). Anna, atormentada por sus fantasmas y sintiendo como su habitación empequeñece,  fija su nerviosa atención en elementos como la lampara, una grieta en la pared o una pequeña mariposa, que se tornan extraños y amenazadores.  A la izquierda, casi idéntica situación  en Carretera Perdida (1997) de David Lynch. Curiosa resulta también la idéntica transformación capilar de morenas a rubias de las protagonistas femeninas de ambas películas
 Por supuesto, de lo anterior se concluye lo siguiente: absténgase aquellos a los que les gustan las cosas bien masticaditas, los clichés y las tramas cortitas y con sifón; los del cine Bicentury. A pesar de lo que parezca por la sinopsis, esto no es ni un Thriller al uso ni (gracias a Dios) un Giallo. Esa es sólo su primera capa, la más superficial. La sindrome di Stendhal es en realidad un viaje iniciatico: una visita a la galería tenebrista de nuestro propio infierno, ese que nos acecha desde lo más profundo de nuestra alma (un infierno, por lo demás, bello como jamás lo fue el paraíso). Un chapuzón (literal) en las procelosas aguas de la libido, la obsesión y la locura. Es, por tanto, una película laberíntica y deliberadamente ambigua, no apta para espíritus convencionales (lo que incluye, bien lo siento, al gafapasta clásico adicto a Bergman); que deja sin responder gran parte de las preguntas que plantea y que, sin embargo, te deja la agradable sensación de que de algún modo (quizás tras el quinto o décimo visionado) es posible encajar las piezas que quedan.

Otro par de lecciones magistrales de composición del maestro, que dedico con cariño a sus  lenguaraces críticos. En la imagen de arriba, el ojo de Asia Argento y los de las figuras de los cuadros forman un perfecto triángulo equilátero. Una paralela al lado derecho triangulo pasa, sucesivamente, por la oreja del hombre del cuadro y por el ojo izquierzo, nariz y boca de la Argento; la perfecta comunión de los sentidos: vista, oido, olfato y gusto. Abajo, más expléndida simetría.

Aunque todo esto, "de qué va la peli",  es en realidad intrascendente. Porque, como es propio del mejor Argento, lo verdaderamente importante aquí no es el fondo, sino la forma: la fuerza hipnótica de unas imágenes que se cuentan entre las más bellas y perturbadoras de su filmografía. Algunas de un erotismo insano y fascinante, en las que Tánatos y Eros se abrazan hasta fundirse; otras preciosistas hasta la extenuación,  repletas de guiños compositivos que traen a la cabeza inmediatamente las obras cumbre de artistas como El Bosco, Boticelli, Caravaggio, De Chirico, Magritte... Inolvidables resultan la muerte de Marie o la imagen de los ojos de Anna iluminados por una tira de luz emergiendo de las tinieblas.

Argento hace su tributo a El Bosco . Arriba, un par de fotogramas de La Sindrome. Abajo, un detalle de Cristo cargando la Cruz 



...Y a los surrealistas. Arriba, La Sindrome. Abajo, a la derecha, Memoria y La condición humana, de Magritte. A la izquierda, Canción de Amor y El Profeta, de De Chirico, uno de los artistas fetiches de Argento.




Argento haciendo lo que mejor sabe hacer: correr la sangre. Esa boquita de fresa, Asia...

 Por si fuera poco, están los continuos y fascinantes tics cinéfilos de Argento, que, puesto a hacer una declaración de amor a la historia del arte, no se olvidada del suyo propio, el cine. Y muy especialmente al de Hitchcock, que es aquí omnipresente. No sólo a su Psicosis, como resulta evidente tras el comtemplar su estupendo final, sino también, y sobre todo, a Vértigo y a su atmosfera obsesiva y fantasmal. Sólo hay que fijarse en la magnífica banda sonora de Morricone, que es la “hermanita pequeña” de la que compusiera Hermann, y en el personaje de Anna, fascinante imagen especular (en todos los sentidos, incluido el literal) del que interpretase Kim Novak, desmayo y chapuzón incluidos. Y me atrevo a señalar uno más, no tan obvio, pero quizás esencial para atar los cabos sueltos (esos que se le escaparán al incauto crítico): Marnie la ladrona y la patólogica reacción de su protagonista ante el rojo de la sangre.



Misterioso y omnipresente souvenir, evidente homenaje a Ciudadano Kane,  con el que nos topamos una y otra vez.  Si te atreves con la película, te convendrá estar bien atento a sus reveladoras apariciones...
  
Luego que no nos llore Argento si le llaman el Hitchcock italiano...
Arriba, Kim Novak en Vertigo, primero rubia y, finalmente, tras su "muerte", morena; tratando de ocultar al mundo su verdadera identidad. En el medio, Asia Argento en La sindrome, primero morena y despues, tras su "experiencia", y por aquello de llevar la contraria, rubia; tratando de ocultarse  a sí misma su verdadera identidad. Abajo, Kim y Asia experimentando una misma situación: un desmayo que acaba en un iniciático chapuzón en un insospechado océano.


¿Quieres más? ¿Que tal un poco de psicoanálisis, unos cuantos acertijos? Y es que si ya Argento, de por sí, es muy amigo de tirar de los tópicos freudianos y jungianos a la hora de dejarnos pistas (falsas o no), aquí su número se dispara. ¿Quién sabe? A lo mejor buen diccionario de símbolos puede a ayudar a despejar el sentido de ciertas bizarreces visuales como el pez besucón…



El amor es ciego. En especial el amor propio...

En definitiva, una película compleja y no apta para todos los paladares, como no lo es un Rivera del Duero o el caviar beluga. Doblemente extraña. "Extraña" en relación a las memeces mil veces vistas con las que se nos insulta desde la pantalla de los cines y a sus vacuas estructuras narrativas, sí. Pero, sobre todo, una película extraña en la carrera de  Dario Argento: fresca y alejada de los manidos tópicos del Giallo, que trasmite más el entusiasmo y energía de un primerizo que la suficiencia y el hastío de un cincuentón pagado de sí mismo. Un aroma a juventud que se evidencia incluso en sus fallos y torpezas, dignos de un principiante. La menos argentiana de las películas de Argento. He aquí otro acertijo dentro del enigma.




Las ediciones:


Por supuesto (no en vano Argento obstenta el triste record de ser el cineasta con un mayor número de obras censuradas de la historia de cine), algunas de las escenas más "explicitas" de La Sindrome fueron eliminadas en ciertos paises tercermundistas y refractarios a la libertad de expresión como, por ejemplo, EEUU. Procura, por tanto, mantenerte alejado de la mutilada versión yanqui.

 
Delirio final [sólo si ya has visto la película]


Sí, al final la pobre Anna, tras su infierno con Alfredo, se nos vuelve loca. ¡Qué lástima! Pero, ¿es esa la única lectura de la película, su única interpretación? ¿Es eso realmente lo que ha sucedido?


 ¿Cuándo se supone que comienza realmente su locura? ¿Cómo es que el supuesto asesino es capaz de aparecer de la nada sin que nadie lo escuche o lo vea?, ¿y cómo se las arregla para matar a los escoltas armados de Anna? ¿Cómo es que es que a nuestro hombre, Alfredo, que no habia matado antes (como se nos dice al principio de la película), le entra la furia asesina justo en época en la que Anna comienza a investigar las violaciones? ¿Por qué todos los asesinatos ocurren en las ciudades que nuestra adorable lunática visita? ¿Y, por que, ya puestos, el padre de Anna se parece tan sospechosamente a nuestro "ario" psicópata? ¿No encontró Argento, para hacer de padre de la muy morena, racial y latina (o sea, del Lacio) Asia, a nadie que no pareciera un coronel de las SS retirado?


¿A quién pertenece en realidad esa dichosa bola de nieve del David?