Director: Dario Argento.
Año: 1996.
Nacionalidad: Italia.
Género: Inclasificable.
Reparto: Asia Argento, Thomas Kretschmann, Marco Leonardi, Luigi Diberti, Julien Lambroschini, John Quentin, Paolo Bonacelli
Año: 1996.
Nacionalidad: Italia.
Género: Inclasificable.
Reparto: Asia Argento, Thomas Kretschmann, Marco Leonardi, Luigi Diberti, Julien Lambroschini, John Quentin, Paolo Bonacelli
Sinopsis: Anna Manni, inspectora de la policía de Roma, viaja a Florencia tras la pista de un sádico violador y asesino. Sus pesquisas la conducen a la Galeria degli Uffizi, quizás el lugar con la mayor concentración de belleza por metro cuadrado sobre la Tierra. Una belleza que se revelará literalmente arrebatadora…
Ya que ésta es mi primera entrada, y para que sirva de aviso a los incautos, haré una primera declaración de intenciones (o confesión de parte, según se mire): bajo el techo de este humilde templo, Dario Argento es una deidad de culto obligado. Aquí reconocemos como verdad cierta e irrefutable que el cuarto de hora inicial de Suspiria es una de las pocas pruebas de la existencia de Dios que ha tenido a bien darnos los cielos, y sabemos que cuando el buen de Dario hace oscilar ante la cámara una navaja de afeitar, una verdad inefable sobre la existencia nos es revelada a sus iniciados.
Eso no quita para que uno, qué le vamos a hacer, tenga dos ojos en la cara. Y hay que decir que esa fe que el que suscribe le profesa a don Dario, basada principalmente en sus obras maestras de hace tres décadas, ha sido puesta a prueba ya demasiadas veces por las sarta de gilipolleces y bodrios infumables que el romano se ha empeñado en rodar últimamente. Porque, si ahora los economistas nos dan la vara pronosticándonos una “década perdida”, la racha negra de Argento, que es excesivo hasta para eso, ya va durando la friolera de quince años, con dos cojones. [Aviso caritativo: he aquí las películas de las que todo amante del cine (y de Argento, no digamos) debe mantenerse alejado, sus últimas cinco: El fantasma de la opera, Non ho sonno, Il cartaio, Ta terza madre y Giallo. La segunda, tercera y última reveladoras de una falta de medios e imaginación que resulta lamentable. La primera y la cuarta, simplemente ridículas y de un alarmante parecido en formas y temas (gore de baratillo y festival del tetas) al más casposo Jess Franco].
Corriendo un estúpido velo sobre estos despropósitos, estas líneas van dedicadas a su última gran película, La sindrome di Stendhal (o sea, El Síndrome de Stendhal, ridículamente renombrada por los distribuidores españoles como El arte de matar), el último intento de Argento de hacer la película que realmente le apetecía: preciosista, radical, obsesiva y perturbadora. Una cinta valiente y absolutamente personal que pisotea los convencionalismos y escupe sobre las manidas estructuras narrativas made in Hollywood con las que se nos ceba cada día. Y es que La Sindrome, vista ahora, en una época en la que el director ya no es más que un mercenario sin pretensión artística alguna que se limita a rodar lo que le echan, se torna doblemente valiosa. Porque el trabajo de artesano que Argento realiza aquí (que tan reconocible resulta por su abrumadora capacidad de sugerencia y por su sabor insano), y más allá de lo gratificante que pueda parecernos el resultado final, es inimaginable en el cine actual. Una película como ésta (o como Suspiria, Inferno o Phenomena), tristemente, es única e irrepetible. Simplemente por eso, sin más, destaca sobre la vulgaridad imperante y sobre estereotipadas gilipolleces como Avatar como la sangre sobre la nieve.
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| Lección de composición por cortesía de Maese Argento |
No, la película, casi no hace falta ni que lo diga, no fue bien recibida en su momento, ni siquiera por la mayoría de sus fans, a los que su radical cambio de estilo pilló con el pie cambiado. Representó para Argento un fracaso más que añadir en la que ya es una larga lista. La gran diferencia es que esta vez, al igual que con la portentosa Phenomena, el fracaso fue totalmente inmedecido: el triste peaje que hay que abonar por tratar de salirse de la vereda y sobrestimar la capacidad del respetable exigiendole un nivel de abstracción que le resulta inalcanzable. Pero, en fin... Ya se sabe que no hay que echarles margaritas a los cerdos, concejalías de urbanismo a los políticos o una película seria al gentío, que luego pasa lo que pasa...
Y cuidado, quede bien claro, luego no me llores: ¿quiero decir con todo esto que La sindrome di Stendhal una película redonda? Ni por asomo. Ninguna de Dario Argento lo es, ni siquiera Profondo Rosso o Suspiria: Argento, víctima de una bipolaridad estética que es hija del absoluto exceso, es conocido por su casi “milagrosa” capacidad para el despropósito: lo mismo te subyuga con un movimiento imposible o con la más milimétricamente pensada y preciosista composición (quien discuta su talento con una cámara entre las manos es que no tiene ni puta idea de cine) que te hace ruborizar al momento siguiente con alguna parida indigna del peor alumno de primer curso de Imagen y Sonido. Argento puede resultar sublime o ridículo, pero nunca se queda en un termino medio.
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| Un extraño nos mira desde el espejo |
Así que, no: de redonda, nada. Y ni puta falta que hace. Y es intentar juzgar el cine de Argento por "nimiedades" como las citadas es como usar una cinta métrica para elegir un buen perfume. Sus nefastas interpretaciones, la evidente cochambrez de algunos efectos visuales e incluso, si me apuras, ciertas cagadas incomprensibles en un director de su experiencia dejan de tener importancia cuando uno se enfrenta a la magia de Argento y su absoluto dominio de la cámara. Magia a la que contribuyen su onírico y surreal guión y el hechizo de unas imágenes de las que no se puede apartar la mirada.
Y, hablando del guíon, hay que decir que es el más atípico y original escrito por Argento. Aquellos tan dados a decir que sus historias son repetitivas, inverosímiles e infantiloides (lo que, sí, es cierto, pero no precisamente a causa de "la falta de ideas", como algunos criticos muy "intelestuales" -de esos que se ponen cachondos con mierdas como Closer- parecen creer, sino a la intención premeditada de dar a sus historias la textura naif, irreal, onírica y arquetípica del cuento de hadas), se encontrarán con la poética venganza de un Argento deliberadamente oscuro y críptico. Tanto que no faltarán los que digan que la historia es absurda, incoherente o incomprensible. ¿Cómo reconocerlos? Fácil: son los mismos gilipollas carentes del mínimo sentido estético o intuición que ponen sistemáticamente a parir las películas de David Lynch porque “no se entienden”o son “una tomadura de pelo”. Y, sí, creeme, la comparación con Lynch procede. Porque Argento, es sabido, siempre a coqueteado con el surrealismo y ha sido muy amigo de regalarnos sus típicos elementos simbólicos (cuchillos y dagas fálicas, el sonido del viento, madres perversas, gusanos, gatos, lagartos, cristales rotos...), pero aquí se entrega a un subjetivismo digno del de Montana. Es más, La Sindrome posee un par de motivos y escenas sospechósamente calcaditos a lo visto en Carretera Perdida, casi fotograma a fotograma… ¿Le falló la imaginación a Argento? No esta vez: La sindrome es, en realidad, un par de años anterior a la de David Lynch, que jamás ha negado tener a Argento como una de sus fuentes estéticas. Así que, en todo caso, sabemos quien se inspiró en quién.
Por supuesto, de lo anterior se concluye lo siguiente: absténgase aquellos a los que les gustan las cosas bien masticaditas, los clichés y las tramas cortitas y con sifón; los del cine Bicentury. A pesar de lo que parezca por la sinopsis, esto no es ni un Thriller al uso ni (gracias a Dios) un Giallo. Esa es sólo su primera capa, la más superficial. La sindrome di Stendhal es en realidad un viaje iniciatico: una visita a la galería tenebrista de nuestro propio infierno, ese que nos acecha desde lo más profundo de nuestra alma (un infierno, por lo demás, bello como jamás lo fue el paraíso). Un chapuzón (literal) en las procelosas aguas de la libido, la obsesión y la locura. Es, por tanto, una película laberíntica y deliberadamente ambigua, no apta para espíritus convencionales (lo que incluye, bien lo siento, al gafapasta clásico adicto a Bergman); que deja sin responder gran parte de las preguntas que plantea y que, sin embargo, te deja la agradable sensación de que de algún modo (quizás tras el quinto o décimo visionado) es posible encajar las piezas que quedan.
Por supuesto, de lo anterior se concluye lo siguiente: absténgase aquellos a los que les gustan las cosas bien masticaditas, los clichés y las tramas cortitas y con sifón; los del cine Bicentury. A pesar de lo que parezca por la sinopsis, esto no es ni un Thriller al uso ni (gracias a Dios) un Giallo. Esa es sólo su primera capa, la más superficial. La sindrome di Stendhal es en realidad un viaje iniciatico: una visita a la galería tenebrista de nuestro propio infierno, ese que nos acecha desde lo más profundo de nuestra alma (un infierno, por lo demás, bello como jamás lo fue el paraíso). Un chapuzón (literal) en las procelosas aguas de la libido, la obsesión y la locura. Es, por tanto, una película laberíntica y deliberadamente ambigua, no apta para espíritus convencionales (lo que incluye, bien lo siento, al gafapasta clásico adicto a Bergman); que deja sin responder gran parte de las preguntas que plantea y que, sin embargo, te deja la agradable sensación de que de algún modo (quizás tras el quinto o décimo visionado) es posible encajar las piezas que quedan.
Aunque todo esto, "de qué va la peli", es en realidad intrascendente. Porque, como es propio del mejor Argento, lo verdaderamente importante aquí no es el fondo, sino la forma: la fuerza hipnótica de unas imágenes que se cuentan entre las más bellas y perturbadoras de su filmografía. Algunas de un erotismo insano y fascinante, en las que Tánatos y Eros se abrazan hasta fundirse; otras preciosistas hasta la extenuación, repletas de guiños compositivos que traen a la cabeza inmediatamente las obras cumbre de artistas como El Bosco, Boticelli, Caravaggio, De Chirico, Magritte... Inolvidables resultan la muerte de Marie o la imagen de los ojos de Anna iluminados por una tira de luz emergiendo de las tinieblas.
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| Argento hace su tributo a El Bosco . Arriba, un par de fotogramas de La Sindrome. Abajo, un detalle de Cristo cargando la Cruz |
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| Argento haciendo lo que mejor sabe hacer: correr la sangre. Esa boquita de fresa, Asia... |
¿Quieres más? ¿Que tal un poco de psicoanálisis, unos cuantos acertijos? Y es que si ya Argento, de por sí, es muy amigo de tirar de los tópicos freudianos y jungianos a la hora de dejarnos pistas (falsas o no), aquí su número se dispara. ¿Quién sabe? A lo mejor buen diccionario de símbolos puede a ayudar a despejar el sentido de ciertas bizarreces visuales como el pez besucón…
En definitiva, una película compleja y no apta para todos los paladares, como no lo es un Rivera del Duero o el caviar beluga. Doblemente extraña. "Extraña" en relación a las memeces mil veces vistas con las que se nos insulta desde la pantalla de los cines y a sus vacuas estructuras narrativas, sí. Pero, sobre todo, una película extraña en la carrera de Dario Argento: fresca y alejada de los manidos tópicos del Giallo, que trasmite más el entusiasmo y energía de un primerizo que la suficiencia y el hastío de un cincuentón pagado de sí mismo. Un aroma a juventud que se evidencia incluso en sus fallos y torpezas, dignos de un principiante. La menos argentiana de las películas de Argento. He aquí otro acertijo dentro del enigma.
Las ediciones:
Por supuesto (no en vano Argento obstenta el triste record de ser el cineasta con un mayor número de obras censuradas de la historia de cine), algunas de las escenas más "explicitas" de La Sindrome fueron eliminadas en ciertos paises tercermundistas y refractarios a la libertad de expresión como, por ejemplo, EEUU. Procura, por tanto, mantenerte alejado de la mutilada versión yanqui.
Las ediciones:
Por supuesto (no en vano Argento obstenta el triste record de ser el cineasta con un mayor número de obras censuradas de la historia de cine), algunas de las escenas más "explicitas" de La Sindrome fueron eliminadas en ciertos paises tercermundistas y refractarios a la libertad de expresión como, por ejemplo, EEUU. Procura, por tanto, mantenerte alejado de la mutilada versión yanqui.
Delirio final [sólo si ya has visto la película]
Sí, al final la pobre Anna, tras su infierno con Alfredo, se nos vuelve loca. ¡Qué lástima! Pero, ¿es esa la única lectura de la película, su única interpretación? ¿Es eso realmente lo que ha sucedido?
¿Cuándo se supone que comienza realmente su locura? ¿Cómo es que el supuesto asesino es capaz de aparecer de la nada sin que nadie lo escuche o lo vea?, ¿y cómo se las arregla para matar a los escoltas armados de Anna? ¿Cómo es que es que a nuestro hombre, Alfredo, que no habia matado antes (como se nos dice al principio de la película), le entra la furia asesina justo en época en la que Anna comienza a investigar las violaciones? ¿Por qué todos los asesinatos ocurren en las ciudades que nuestra adorable lunática visita? ¿Y, por que, ya puestos, el padre de Anna se parece tan sospechosamente a nuestro "ario" psicópata? ¿No encontró Argento, para hacer de padre de la muy morena, racial y latina (o sea, del Lacio) Asia, a nadie que no pareciera un coronel de las SS retirado?
¿A quién pertenece en realidad esa dichosa bola de nieve del David?











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