Hace apenas una semana cometí el lamentable error de escribir un artículo elogioso sobre la gestión de Barak Obama en la cuestión de Oriente Medio, regocijándome absurdamente de su “mano izquierda” y de su “moderación”. Evidentemente, y me disculpo por ello, había estado mezclando.
Hace poco más de tres horas saltaba la liebre:
“EE UU veta por primera vez la condena a Israel por la construcción de asentamientos”
En efecto, contra la opinión de todas y cada una de las restantes 191 naciones representadas en la ONU, EEUU ha vetado una resolución que declaraba lo evidente: las colonias judías en Cisjordania y Gaza son ilegales.
No, no es la primera vez que EEUU pisotea la decencia para salvar el culo a Israel ejerciendo su mafioso derecho de veto (mañana le dedicaré más al asunto), pero hoy, y sobreapasando todos los nivele de la infamia vistos, se ha dado un salto cualitativo: nunca USA había llegado tan lejos en su atropello del derecho de gentes (ya ni siquiera digo el internacional); ha sobrepasado una línea roja. Una cosa, que es lo que venía haciendo Washington hasta ahora, es tratar de justificar lo injustificable con excusas más o menos disparatadas y tratar de reinterpretar la realidad a su conveniencia -eso puede parecernos repugnante, pero entra dentro de los límites de la dialéctica y el politiqueo- , y otra es dar impunidad a los crímenes de un estado en contra la opinión de la totalidad de la comunidad internacional. Lo que acaba de hacer EEUU es declarar públicamente que está dispuesta a apoyar cualquier desmán israelí sin condiciones, cargando con el peso político de todos y cada uno de sus crímenes e ilegalidades pasados, presentes y futuros. Y eso es mucho, mucho peso. .. Tanto que quizás Israel, en su caída, los arrastre al infierno.
Por supuesto, y dejando las cuestiones morales para mejor ocasión, lo que acaba de hacer el gobierno de Obama es un suicidio político; un disparate que han de llorar amargamente y cuyas consecuencias se prolongarán por décadas. Obama, al avalar los atropellos israelíes, acaba de perder el mundo árabe: nadie podrá confiar jamás en su palabra, y cada gesto que haga será interpretado (correctamente) como pura impostura. Si Obama pensaba que podría pilotar con éxito la rebelión egipcia, puede ir olvidándose. Es bastante previsible cómo reaccionará la Hermandad Musulmana (con toda justicia) ante esta villanía y es igualmente previsible como se galvanizará, bajo su influencia, el resto de su opinión pública: aunque los militares, por la fuerza de las armas, consigan prevalecer, la marea de la opinión pública les obligará a mantener las distancias con EEUU e Israel. Lo mismo puede decirse respecto a los regímenes que todavía conserva, como Arabia y Jordania. ¿Cree Obama que sus dirigentes, cuya única prioridad es sobrevivir, le recibirán con los brazos abiertos en contra de la furiosa opinión de sus pueblos? ¿Hay alguien que en la Casa Blanca tan estúpido como para pensar que sus dirigentes, tras ver como Obama dejó caer a Mubarak a su conveniencia, no van a empezar hoy mismo a distanciarse y a dejar de ponerse al teléfono?
Pero el peaje de la inmolación americana no se limita a Oriente Medio: ¿Tras esto, con qué autoridad van a criticar los EEUU que China vete sistemáticamente las resoluciones sobre Corea del Norte, los derechos humanos o el Tíbet? ¿Quién ha de creerles cuando digan que el programa nuclear iraní es una amenaza para Israel tras este redomado acto de cinismo? Estados unidos está completamente sólo. A l igual, irónicamente, que su protegido Israel, la única autoridad yanquie, a estas alturas, emana de los cañones de los tanques. Y muchos, cada día más, son los que ya se alegran de su cada vez más evidente declive.
Y, un pensamiento mucho más terrible: si ocurre un nuevo 11-S, Dios no lo quiera, ¿cuántos se acordarán de aquello de “Quién siembra vientos…”?
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