domingo, 13 de febrero de 2011

Como la UE perdió Turquía

Si ayer, con bastante mala leche y algo de humor (más o menos inspirado),  trataba de cómo el EEUU de Obama parece estar adaptándose relativamente bien al nuevo equilibrio surgido de la explosión de las potencias emergentes, justo lo contrario puede decirse de la cataléctica y completamente esclerótica Europa, destinada a ser aplastada por la realidad  mucho antes de ser capaz de comprenderla.  Mientras el mundo cambia ante nuestros ojos, los piliticuchos que nos gobiernan, mediocres hasta el dolor y completamente ajenos a la realidad, siguen empeñados en embarcarnos en un viaje suicida a ninguna parte.
Por un lado, y como ejemplo máximo del suicidio colectivo europeo, tenemos los disparatados recortes sociales y laborales que, dictados desde Alemania –cuya expansión actual, que tanto asombra a los economistas de salón, es un efímero espejismo debido a la demanda China de maquinaria industrial y agrícola: recordemos  a la señora Merkel, que tantas lecciones nos da, que hace sólo un lustro tenia de los niveles de desempleo más altos de la Unión y que su crecimiento promedio desde los 90’ es claramente inferior al español -,  están condenado a la EU a décadas de crecimientos raquíticos y descapitalización progresiva.  Sólo un idiota recortaría el poder adquisitivo real en una economía, como la europea, basada en un 70% en el consumo. En efecto, la política económica europea  parece capitaneada por Edward John Smith: destinada a un bonito naufragio a medio plazo.
Si se topa con estos individuos, mantengase a distancia y llame a la policía. Se trata de una peligrosa organización criminal mafiosa especializada en estafas y atracos a mano armada. Su modus operandi consiste en quitar las pensiones a los trabajadores y entregar el botín a los bancos

Pero si la gestión de política interior, o sea, de los dineros y de como nos los robamos unos a otros, es lamentable, ni hablemos ya de las relaciones exteriores de la UE; cosa fina.
 Recordemos a los no iniciados sus principios básicos:
-No importa qué pase ni dónde: la UE será la última en reaccionar, justo tras el gobierno de las islas Salomon.
-Su respuesta, en un 90%, será una repetición exacta, puntos y comas, de lo que haya dicho el portavoz de la Casa Blanca un cuarto de hora antes, sea esto favorable o no a nuestros intereses.
-En el restante 10% de ocasiones, es decir, cuando Washington, por desinterés, no se haya pronunciado, la respuesta europea será errónea, mezquina, miope y claramente contraproducente.
Sí, amigos, el principio director de la política exterior europea es la suprema mezquindad, caracterizada por la tendencia, tan típica del matón de barrio venido a menos, de mostrarse terriblemente débil con los fuertes (USA, Rusia, China) y terriblemente fuerte con los que (la mayor parte de las veces, erróneamente) consideramos débiles. En efecto, nuestros inefables gobernantes, que viven en la perpetua nostalgia de las viejas glorias ya extintas, y que no quieren darse por enterados que en términos globales la UE es económica y políticamente irrelevante o de que el poder real hace mucho, mucho tiempo cruzo el océano, son cada vez más proclives a mostrar sus dedo acusador al embajador iraní, dándole las consabidas lecciones de derechos humanos y amenazándole con penas infernales que no están en condiciones de imponer, justo un cuarto de hora después de postrarse ante Hu Jintao, que pasaba por allí chequera en mano. ¿Lo más triste? Que necesitamos su petróleo como el comer, y que, cuando finalmente nos demos por aludidos, sus ejecuciones nos importarán tan poco como las chinas o las árabes. Y lo mismo podría decirse de todas y cada una de las naciones que, sistemáticamente, y por razones reales que tienen muy poco que ver con los derechos humanos y la democracia, despreciamos.
Y, por supuesto, dentro de esta tendencia a tirar piedras contra el propio tejado, y llevado al paroxismo, se encuadra el caso turco.
Turquía es la 12º potencia económica del mundo, con un PIB de 615.300 millones de dólares. Su tasa de crecimiento el 2010 fue del 6.5%, la segunda mayor de los países de la OCDE tras China, y su promedio a lo largo de la década pasada fue del 6%, más del doble que la media europea (y Alemania). En cuanto a su renta per capita, que es de unos  12000$,  se ha cuadriplicado en los últimos siete años, lo que significa que, a este ritmo, será comparable a la media europea en una década. En una proyección, bastante conservadora, que se publico hace unas pocas semanas, la PWC calculaba que en el 2050 Turquía sería la primera economía europea, por delante de Alemania, Francia o Reino Unido. (Sí, europea).

En el 2050, la media luna turca habrá eclipsado la lángida constelación europea. Para entonces,  será la primera potencia económica de Europa.

Y claro, con estos datos en la mano, y viendo como la economía europea se agosta al implacable sol del nuevo orden mundial, alguno podría preguntarse por qué Turquía, única esperanza realista para impedir la descomposición económica y social de Europa,  irónicamente, no forma de la UE. Pues bien, esa fue la pregunta que se hicieron los turcos durante medio largo siglo. Nuestra desgracia es que ya no se la hacen. Según las últimas encuestas, el número de turcos que desean entrar en la UE han pasado del 71 al 43%.
Turquía, que ya desde los tiempos de Ataturk había realizado enormes esfuerzos de modernización, y confiando ilusamente en que estos esfuerzos serían tenidos en cuenta, llamó a la puerta de la Comunidad Europea en 1963, momento en el que recibió como repuesta un educado portazo en las narices en forma de promesas incumplidas. Desde entonces, el episodio se ha repetido al menos una vez por década, justificándose  el “no” en argumentos cada vez más peregrinos. Turquía ha ido cumpliendo religiosamente  todas y cada una de las exigencias que se le realizaban en cuestiones de derechos humanos, igualdad de sexos o libertad política mientras veía como a países social, económica y culturalmente más rezagados (léase Polonia o las repúblicas bálticas), que no cumplían las condiciones teóricas, se les abrían las puertas de par en par. La Unión Europea, como si de un decadente Club de bridge se tratase, se ha permitido humillar a Turquía imponiendo condiciones cada vez más caprichosas  que violan claramente su soberanía, como todo lo referente al conflicto chipriota. Y ni siquiera eso ha sido suficiente.
¿Por qué? Racismo, xenofobia y egoísmo; así de simple. La vieja y decadente Europa, en especial su putrefacta derecha democratacristiana (contradicción maxiana dónde las haya), se niega a imaginar que pueda haber un lugar para el islán en “su Europa”: están demasiado imbuidos de la religión más intolerante y asesina que haya conocido la historia: el cristianismo. Sólo hay que escuchar a sujetos  como Mayor Oreja y los de su calaña para comprender lo asentada que está la mentalidad de las Cruzadas en algunos sujetos, dispuestos a conducirnos al desastre con tal de no despertar de sus ensoñaciones medievales. Se trata, al fin de cuentas, del mismo nauseabundo prejuicio pseudoideológico que explica que Europa (servilimo a USA, aparte), en el conflicto árabe-israelí, y en contra de la práctica totalidad de sus ciudadanos, se posicione sistemáticamente del lado de la genocida entidad sionista. A esto hay que añadir una buena dosis de visceral racismo y el miedo de alemanes y franceses a perder el control político de la unión europea. Y es que, por población, a Turquía le corresponderían tantos escaños como a ambos, lo que destrozaría las convenciones mafiosas y mamoneos vistos hasta ahora.
Pues bien, ahora resulta que el último tren ya ha pasado. La actual Turquía, que ya se ha convertido en una potencia regional, tiene poco que ganar en el seno de la UE. Quien crece al 6% nada tiene que sacar de bueno de quienes crecen al 3. Pocos o ninguno de los antaño omnipresentes fondos de cohesión llegarían a sus arcas y pronto, quizás en un década, pasaría ser donante neto, teniendo que llevar a sus espaldas el lastre de unas Alemania y Francia envejecidas y ideológicamente hostiles, que, con la arrogancia de costumbre, tratarían de interferir sistemáticamente en su política interna y relaciones exteriores.


Erdogan, dirigente moderado, independiente y sensato
 
Turquía parece haber encontrado su propio camino, y este se aleja de Occidente y sus aires de decadencia. Bajo el sensato gobierno del PJD de Erdogan, Turquía parece estar empezando a ser consciente de su poder y a ganarse por derecho propio lo que otros tan estúpidamente le hemos negado.  En los últimos años, de manera valiente a la par que pragmática, Turquía ha pasado de ser el más occidental de los lacayos de los yanquies a ser una nación independiente que, gracias a una inteligente combinación de islamismo y modernidad, se ha convertido en el espejo en el que se mira todo Oriente Medio. Por supuesto, ni que decir tiene, la nueva Turquía asusta a Occidente mucho más que la antigua. Nos horroriza su islamismo (no por radical, sino por islamismo) y nos irrita su independencia. No toleramos que Turquía, dándonos lecciones de Democracia y decencia política, congelase sus relaciones con  Israel tras la carnicería de la Flota de la Libertad. No toleramos que, desmarcándose de la gran farsa del programa nuclear iraní –por el que cuatro potencias nucleares, Israel, EEUU, Reino Unido y Francia, tienen el cinismo de acusar a Irán de tratar de desarrollarlo-, propusiera a Irán un trato alternativo justo. Y, por supuesto, no podemos soportar que pidiese la dimisión de Mubarak un cuarto de millón de años antes de que Europa se diese por aludida. Por todas estas razones, los EEUU comienzan a ver a Turquía con creciente hostilidad y, por supuesto, nuestros palmeros actuarán en consecuencia.
Pero poco importa. Por más que nos joda, vamos a tener que aguantarnos. Turquía está aquí y llegado para quedarse.

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