martes, 7 de diciembre de 2010

Yo soy Julian Assange

Ya lo dije en mi anterior post: siento una profunda desconfianza hacia Wikileaks y hacia los verdaderos objetivos de las “fuentes anónimas” que  la alimentan. Pero eso, que sigue siendo tan cierto como ayer, hoy no importa. Porque ahora,  independientemente de cuál fuese el objetivo inicial de aquellos que mueven los hilos en la sombra, más allá de la impostura y la presumible manipulación, Wikileaks es un símbolo: simboliza  nuestro agonizante último resquicio de libertad, la lucha de los ciudadanos decentes en contra  de la hipocresía de los estados y contra esa opresiva dictadura enfundada en guantes de seda que, ante el silencio cómplice de los medios oficiales, se nos está imponiendo lenta pero inexorablemente. Wikileaks, hoy, para todos los amantes de la libertad, para aquellos que creemos que ninguna verdadera democracia puede sostenerse sobre la coacción,  el juego sucio, el secreto , el crimen de guerra, la extorsión y la censura, para aquellos que entrevemos que tras los hermosos arrullos de paloma de los estados pretendidamente democráticos no hay más que hipocresía y codicia, y que el cacareado nuevo orden mundial está edificado, en realidad, sobre el chantaje, la razón de la fuerza y la más  completa degradación moral, es nuestro último bastión: la última línea de defensa ante el totalitarismo dictado por Washington y fielmente acatado por esa casta de politicuchos paniaguados que fingimos escoger con nuestros votos pero que, en realidad, nos imponen la Fox, la CNN, Belusconi, El País o El Mundo con sus propaganda.
Hoy todos somos Wikileaks. Hoy todos somos Julian Assange y todos somos prisioneros. Esta noche, todos dormiremos en una celda fría. Las “democracias occidentales”, esa contradicción marxiana que tan alegremente hemos comprado, por fin nos han mostrado su verdadero rostro. Por fin, hemos visto cómo de endebles e impostados son los  derechos que pretendíamos tener; que es lo que el pasa a cualquiera que cometa el error de tomarse en serio  eso de la “libertad de prensa” o la “libre expresión”. Vivimos en libertad vigilada.  Nuestros derechos perecen el mismo momento que nos atrevemos a  usarlos.  Abramos los ojos, señores, vivimos en una gran prisión y cada uno de nuestros movimientos es observado: nuestros ordenadores están llenos de puertas traseras, abiertas de par en par a los gobiernos; los teléfonos móviles pueden ser fácilmente triangulados y podemos ser localizados en todo momento a tiempo real; en cada esquina hay una cámara “velando por nuestra seguridad”; nuestras webs y nuestros blogs desaparecerán rápidamente de Google si aquellos que publicamos no le gusta a según quienes.  Y, por supuesto, todo aquel que muestre el más mínimo signo de disidencia,  es perseguido y aplastado sin contemplaciones.  


Julian Assange, preso político y luchador por la libertad


Las palabras no lo olvidemos, son simples etiquetas que nada significan: sólo los actos le dan un sentido. El simple hecho de que las corruptas plutocracias occidentales se denominen “democracias” y pretendan exportar su modelo a cañonazos no las convierte en tales. Corea del Norte o la extinta Alemania comunista tienen en sus nombres oficiales la denominación  de “Democrática”, pero a nadie en su sano juicio se le ocurriría considerarlos como tales. Que cada día desde los medios se nos bombardee con la “excelencia democrática” de nuestros regímenes y se los compare con la “barbarie antidemocrática” de China, Rusia o Irán, no significa, a la vista está, que respiremos un ápice más de libertad que en aquellos: estos regímenes no son peores ni más opresivos; simplemente, son más sinceros: no sienten la necesidad de mentirse.  Hoy, Reino Unido ha demostrado ser indistinguible de China o Irán. Hoy, finalmente, la farsa ha caído.
La democracia ha muerto. Su cadáver comienza a pudrirse en una prisión londinense.  Thomas Jefferson dijo; “Quien está dispuesto a sacrifica un poco de libertad por algo de seguridad acabará perdiendo ambas”. Bien, ese momento ha llegado.

Ha llegado el momento de luchar o someterse. Ha llegado el momento de que los gobernantes teman al pueblo, y no al contrario.  Ese es el legado de Wikileaks.

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